Alter Ego
26 June 2007

A veces imagino estar en un lugar repleto de actores secundarios, desafiando las leyes de gravedad y cantando una estafeta que los haría sonrojar después del almuerzo. Esta vez desmerezco lo que traigo encima y vengo encendiéndome en desmadre contemplando caras largas cruzándose de un lugar a otro. A veces y solo a veces soy un egoísta intermitente, rodeado de libros y geranios que mutan en hojas disecadas, que demuestran lo inmenso y placentero de ser ignorado. Lucho sin ganas, recuerdo a mis amigos y un reflector parece estallar sobre mi rostro para hacerme tonto, innecesario. Luego en una calle de nombre numérico las epístolas quedan bien servidas y mis hermanos completan sus puertas con cantos fantasmas lo cual es un drama, giro entonces al borde de los acantilados y le pregunto a ese mar que años antes patentó un tal Martín Adán ¿Quién soy?
Antes que nada, debo ser alguien que no quiere estar todo el día en cama, que no quiere cambiar de peinado de acuerdo al pronóstico del tiempo y a la vez un actor harto de no ser reconocido como el hermano menor de Marlon Brando, el chico que agita sus cuentitos por un pasaje Lima-Chosica-Lima, mientras me peino con los trenes que pierden sus horarios y encima de todo interrumpen mis clases de filosofía. Entonces busco en mis recuerdos y descubro que fui un intenso universitario que no pudo prolongar su estadía en la tierra del sol, porque alguna excusa debe tener semejante desdicha: una noche me mande todos los tiros posibles y el mundo cambio de función ante mis ojos.
Por eso deambulo e invado todos los escenarios posibles. Qué no he hecho para ganar mi espacio, incluso suelo mostrar mis poemas en compañía de unos violinistas que no quieren saber nada de medicamentos. Pero todas estas pretensiones me resultan vanas. Hay mucho humo en estos lares y del verbo se recibe poco. Así que enfundo mi mochila ploma e intento regresar a casa, pero solo consigo clavarme en una esquina hasta que alguien reconozca que tiempo atrás, hace poquito, prestaba para el pasaje.
Y en tal condición he llegado a averiguar que el 77% de los libros están cerrados, y lloro por tamaña desgracia; que será de mí sin los poetas, sin los guitarreros, gasfiteros y recolectores de basura. Si en mis tragos brindo por ellos y las mujeres que se depilan. Esto es el averno, una ciudad que debería darme una chance y atender mi repertorio. Conocerme a fondo. Soy alto y me estoy muriendo. A las diez de la noche mi madre descifra novelas mexicanas, y no quiere saber nada de mis andanzas, me manda a calentarme la sopa y papa cuelga de un cuadro mirando que la termine toda. Debí haber acabado la carrera. Hubiera estado mejor como Raúl, que ya es profesor con esposa, tres hijos, incluso dos libros que sostienen la locura que tuvo alguna vez su piel de brujo. Pero sé que seré recompensado. Un día de estos saldré de mi cubil felino y despertaré las hojas secas. Aprenderé a encender mis cigarrillos y dejaré de ser inútil. Pintare montañas rojas, soles rojos y todo para sostener un cráneo que sabrá responder tantas dudas y contratiempos. Ahí seré aplaudido, reclamado en diversos foros y presentaciones; mis amigos me pedirán un prologo y yo pediré tiempo prudencial. Que una sola leída no resuelve la amistad y cosas por el estilo. Por ahora espero me entiendan cuando no gane algún premio. Es mucho la distancia para alguien que sólo sabe presentarse con el más hermoso de los seudónimos: Alex.
Antes que nada, debo ser alguien que no quiere estar todo el día en cama, que no quiere cambiar de peinado de acuerdo al pronóstico del tiempo y a la vez un actor harto de no ser reconocido como el hermano menor de Marlon Brando, el chico que agita sus cuentitos por un pasaje Lima-Chosica-Lima, mientras me peino con los trenes que pierden sus horarios y encima de todo interrumpen mis clases de filosofía. Entonces busco en mis recuerdos y descubro que fui un intenso universitario que no pudo prolongar su estadía en la tierra del sol, porque alguna excusa debe tener semejante desdicha: una noche me mande todos los tiros posibles y el mundo cambio de función ante mis ojos.
Por eso deambulo e invado todos los escenarios posibles. Qué no he hecho para ganar mi espacio, incluso suelo mostrar mis poemas en compañía de unos violinistas que no quieren saber nada de medicamentos. Pero todas estas pretensiones me resultan vanas. Hay mucho humo en estos lares y del verbo se recibe poco. Así que enfundo mi mochila ploma e intento regresar a casa, pero solo consigo clavarme en una esquina hasta que alguien reconozca que tiempo atrás, hace poquito, prestaba para el pasaje.
Y en tal condición he llegado a averiguar que el 77% de los libros están cerrados, y lloro por tamaña desgracia; que será de mí sin los poetas, sin los guitarreros, gasfiteros y recolectores de basura. Si en mis tragos brindo por ellos y las mujeres que se depilan. Esto es el averno, una ciudad que debería darme una chance y atender mi repertorio. Conocerme a fondo. Soy alto y me estoy muriendo. A las diez de la noche mi madre descifra novelas mexicanas, y no quiere saber nada de mis andanzas, me manda a calentarme la sopa y papa cuelga de un cuadro mirando que la termine toda. Debí haber acabado la carrera. Hubiera estado mejor como Raúl, que ya es profesor con esposa, tres hijos, incluso dos libros que sostienen la locura que tuvo alguna vez su piel de brujo. Pero sé que seré recompensado. Un día de estos saldré de mi cubil felino y despertaré las hojas secas. Aprenderé a encender mis cigarrillos y dejaré de ser inútil. Pintare montañas rojas, soles rojos y todo para sostener un cráneo que sabrá responder tantas dudas y contratiempos. Ahí seré aplaudido, reclamado en diversos foros y presentaciones; mis amigos me pedirán un prologo y yo pediré tiempo prudencial. Que una sola leída no resuelve la amistad y cosas por el estilo. Por ahora espero me entiendan cuando no gane algún premio. Es mucho la distancia para alguien que sólo sabe presentarse con el más hermoso de los seudónimos: Alex.
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